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​”Las razones de la Minga desde la orilla de la ciudad”

                                                                                                Elizabeth Castillo Guzmán, Popayán, Junio 7 de 2016

Protestas-indígenas-en-Colombia2El marido de Ana Cecilia no pudo más con las deudas, y no consiguió quien le prestará más plata para seguir sembrando café, así que decidió que lo mejor era irse para Bogotá donde su primo, a trabajar en construcción y ver si de ese modo salía del atolladero. Le dijo a su mujer que empacara la ropa y algunos trastos, y se fue a finales del 2.013 en un bus rumbo a La Plata, sin saber que su vida cambiaría de modo irreversible. Salieron él, su mujer y sus tres niños, buscando, al igual que muchos otros, un mejor porvenir.

Clímaco es un indígena nasa sobreviviente de la avalancha de 1.994. Tenía 17 años cuando su resguardo quedó convertido en lodo, y se tuvo que ir a vivir en los límites entre el Cauca y el Huila. Terminó de hacerse adulto en esas nuevas tierras, aprendiendo el trabajo del café y los asuntos del Cabildo. Conoció a Ana Cecilia en el 2.000, y entonces se juntaron para compartir alegrías y tristezas, en ese lazo que se teje sin preguntar mucho del otro, y asumiendo que todo se va arreglando por el camino.

Andrés, su hijo mayor, nació en el 2.001 en el territorio de los nuevos resguardos que se crearon luego de muchas penurias y reclamaciones de comunidades cansadas de vivir como alma en pena, deambulando de finca en finca, entre el recuerdo de lo que se llevó el río y el anhelo de una tierra que no volviera a ser devorada por la bravura del volcán. Ana Cecilia también es una indígena nacida en el antiguo resguardo de Talága, y como su marido, creció con esa generación marcada por el destierro, y la desventura de llegar a lugares donde no gustan de los “indios”, como ella misma dice.

Después de que nació Andrés, a los dos años llegó otro varoncito que se llama Miguel. Ambos crecieron laboreando en el terreno que el Cabildo le asignó a Clímaco, para sembrar comida y sacar otro producto para el sustento diario. Pasaron los primeros años de este siglo, y vino la crisis del café, entonces Clímaco empezó a sentir el peso de una economía global que caía sobre sus hombros, recortando cada semana los recursos para conseguir arroz, aceite y los insumos para los cultivos. Sus hijos se fueron estirando, y vino en diciembre el nacimiento de la niña, como un regalo navideño del 2

.011.
La familia sobrevivía con los apoyos de una comunidad organizada, y un Cabildo que gracias a las luchas del CRI

HU había logrado salud y educación propia para sus comuneros. Andrés y Miguel iban a la escuela bilingüe que se creó en el resguardo para tratar de recuperar un pensamiento y una lengua que se iba con los años, al igual que los recuerdos del terruño que se quedó erosionado en Tierradentro después de la tragedia del 94. Lizeth iba a cumplir año y medio, cuando llegó el paro cafetero del 2.013.

La situación era tan grave que hasta los campesinos que nunca habían salido a marchar, se pusieron su poncho, su sombrero y pisaron el asfalto para protestar contra un modelo que les robó los sueños de envejecer cosechando el preciado grano que tanto les gusta en el exterior. El Cabildo dijo que había que participar del paro, pues la comunidad pasaba muchas dificultades con eso de la venta del café a unos precios que no devolvían ni siquiera el costo de sacar la cosecha hasta La Plata. El país se aterró, algunos como siempre sentados en sus cómodas sillas citadinas juzgaron y satanizaron esta protesta. Otras gentes, solidariamente entendieron que el país agrario enfrentaba las duras consecuencias de un modelo de mercado que golpea lo que se produce en casa y enriquece a los que importan alimentos malsanos.Protestas-indígenas-en-Colombia3

A pesar de los acuerdos firmados, Clímaco sintió que no podía más y decidió irse a probar suerte. En noviembre del 2.013 se fue a una ciudad que aterraba desde las ventanas del bus, en el que viaj

ó 10 horas hasta el terminal de transporte de Bogotá, a donde llegó con $100.000 en el bolsillo, tres cajas con ropa, y un costal con plátanos, fríjol y dos kilos de maíz.
Su primo le tenía un trabajo como mezclador de cemento, y una pieza para acomodarse por unos días, en una casa de inquilinato en el barrio San Cristóbal, donde viven muchas familias indígenas en situación de desplazamiento forzado o migrantes de la desesperanza rural.
Clímaco empezó a trabajar de inmediato, mientras Ana Cecilia se inventaba un hogar en cinco metros cuadrados, con un colchón viejo y apenas unas cobijas para batallar con la temperatura de la madrugada. Ella, como pasa casi siempre con las mujeres en situaciones como esta, salió a recorrer el barrio, entró a las tiendas a comprar pan y leche para sus hijos, y se fue enterando de las coordenadas que ayudan a sobrevivir en el imperio del asfalto. Supo entonces que debía buscarles colegio a los hijos, y se fue al Cadel para informar que eran indígenas y necesitaban un cupo para el 2.014. También supo que en la ciudad se roban los niños y los ponen de mendigos, y entonces entendió el lenguaje de la desconfianza en el prójimo.

Llegó la algarabía de diciembre y todo se hizo más llevadero, como si de pronto el fin de año trajera la esperanza abrazada con las fiestas y las luces intermitentes. Clímaco logró con su ingreso de $500.000, alquilar medio piso en una casa donde vivían unos paisanos de Pitalito, y entonces supo que su mujer podría trabajar lavando botellas, un negocio que le permitía cuidar a la niña más pequeña, y atender los quehaceres del hogar. Ya sabían que en el colegio a donde irían sus hijos tenían comida y unos programas de refuerzo hasta las cuatro de la tarde, así las cosas, Ana Cecilia tendría tiempo para conseguir el dinero que faltaba para comer en las noches y pagar el alquiler cada mes.

Andrés cursaba grado sexto con muchas dificultades. Su hermanito estaba llegando a los diez y lo habían matriculado en grado tercero porque no sabía leer bien. Para el mes de mayo la vida familiar se había estabilizado, papá y mamá trabajaban mucho y ganaban poco, pero sobrevivían cada mes. Lizeth iba a un centro infantil para indígenas, donde permanecía desde las 8 de la mañana hasta las cuatro de la tarde y donde le enseñaban historias y canciones en Nasa Yuwe – la lengua materna de sus abuelos-. De este modo, Ana Cecilia podía dedicar toda la mañana a la dura tarea de organizar y lavar envases de vidrio, lavar la ropa de su marido y sus hijos, limpiar la casa y preparar los alimentos de la noche. Su jornada empezaba muy temprano en la madrugada y terminaba hacia las 10 de la noche.

Entonces empezaron los problemas de Andrés en el colegio. La profesora se quejaba por su bajo rendimiento, e insistía en que ese era el problema con los niños que “venían de esas zonas donde la educación era tan mala

“. Andrés y Miguel llegaban del colegio hacia las cuatro y media de la tarde, y se ponían a lavar botellas, pues la meta era lograr los $ 15.000 diarios que daban por el centenar limpio y empacado a las 7 de la mañana del siguiente día. Sus jornadas terminaban después de las 9 de la noche, cuando pasaba el señor que administraba este negocio del que vivía la mitad de ese barrio, y contaba sigilosamente todos los envases que iba a recoger al siguiente día. No había tiempo para tareas ni cosas de esas, tampoco televisión para entretenerse mientras pasaban esas tediosas tardes entre envases de cerveza y gaseosa.
Andrés cumplió los trece años en noviembre del 2.014 y a los pocos días le anunciaron que había reprobado casi todas las materias, y entonces le tocó repetir el mismo grado. La coordinadora del colegio les advirtió que si no aprobaba el grado, ya no tendría cupo en la institución, pues era una norma que nadie hacía un mismo grado más de dos veces, y que además el muchacho prácticamente era un estudiante en “extraedad”, como se denomina despectivamente a quienes no se ubican de forma precisa en las tablas que establecen la relación entre edad biológica y gradualidad escolar.

El muchacho seguía su rutina escolar en el 2.015. Pasaba malos ratos porque no tenía amigos, y se sentía viejo en medio de tantos niños de diez y once años. La vida de su familia seguía una rutina fija, incluidos los fines de semana cuando trabajaban lavando botellas desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde. Los domingos el padre descansaba de su trabajo, y salía con ellos al parque del barrio a dar una vuelta y llamar a los familiares que seguían en el resguardo. Las cosas sólo se alteraban cuando la niña se enfermaba, y entonces había que llevarla al hospital y enfrentar el enrredo por estar afiliados a la AIC, la empresa de salud indígena a la cual estaban vinculados Clímaco y los suyos, pues a pesar de estar en Bogotá, seguían censados en su territorio y el Cabildo vigilaba que su servicio de salud estuviera activo. A Clímaco y su mujer no les llamó la atención afiliarse al sisben, y entonces cuando Lizbeth se enfermaba de los bronquios, cosa que pasaba casi mensualmente, volvía el problema y las frases de las funcionarias: “ustedes ya no son indígenas, ya están aquí hace varios años, y deberían ayudarse un poco, salirse de esa EPS indígena y afiliarse como todos a Salud Capital”. Así eran muchas de las cosas que les pasaban en esa ciudad donde Andrés y su hermano no habían podido conocer sino el barrio donde vivían, la escuela donde estudiaban, y el hospital a donde iban cuando se ponían enfermos del estómago o de fiebre muy alta.

La suerte no se puso del lado de Andrés, y reprobó su segundo turno en grado sexto. Ese diciembre fue muy triste porque les negaron la matrícula del muchacho. Miguel iba débilmente respaldado por su maestra para grado quinto, pero con serias amenazas de fracaso. El panorama era muy duro, porque desde hacía un tiempo Clímaco se quedaba sin trabajo durante una semana entera, entonces todo se ponía mal en la casa, había peleas, y Ana Cecilia lloraba en las noches, y amanecía rabiosa con todos.

Llegó el 2.016 y Andrés se quedó sin poder estudiar. Entonces no tuvo más que hacer que quedarse en la casa ayudando a lavar botellas desde la mañana hasta la noche. Su papá dice que no le va a dar más estudio, y que lo mejor es irle buscando trabajo de ayudante de obra en alguna de los proyectos que se están haciendo cerca de la autopista sur, donde hace cuatro años Andrés vio por primera vez esta ciudad que aún no reconoce.Protestas-indígenas-en-Colombia2

Andrés quiere volver a su resguardo. Extraña a su abuela y a Elvia, su maestra de habla pausada, que le enseñaba historias del trueno y Juan Tama.

La Minga se levanta en el suroccidente de este país de despojos y valerosas luchas, y reclama para que los indígenas y los campesinos no tengan que salir de sus territorios como Clímaco y su familia, para que sus hijas e hijos crezcan dignificados, y sobre todo para que tengan derecho al “buen vivir”.

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