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31 Jul
12:59

Voces al Aire, a 10 años de la toma de CORTV

 “Los hechos no dejan de existir

porque sean ignorados”

Aldous Huxley

Escribo para recordar, porque cuando uno pierde la memoria por el terror es difícil recuperarla. Escribo porque vivo y siento la violencia, la pobreza, las injusticias, las desigualdades, la marginación, la discriminación, el racismo. Escribo porque anhelo la libertad de nuestro pueblo.

Itandehui Santiago Galicia

El Intento de Desalojo

            La noche del día 13 de junio del 2006 a las 20:00 horas, una compañera de la colonia y yo entramos a las oficinas de la Sección 22. En el interior del edificio, iluminado por una luz amarillenta, había mucho movimiento, se sentía el olor a gente, a sudor, a cansancio; las personas iban y venían por los pasillos, las estrechas escaleras resultaban insuficientes ante tanto movimiento, parecía que todos tenían mucha prisa, algunos se detenían por los pasillos a hablar en voz baja, otros se saludaban. Habían largas filas de compañeras y compañeros, con la resignación pintada en los rostros, que deseaban entrar a los sanitarios.

            Nosotras íbamos al área jurídica con la esperanza de que nos dieran una respuesta favorable al problema que teníamos pendiente del barrio donde habitamos. Se trataba de la arbitraria ampliación de la terminal del ADO, los integrantes del CONVIVE y los vecinos solicitábamos a las autoridades la reubicación de la terminal. Se habían intentado presiones de todo tipo, marchas pacíficas, manifestaciones, combativas calendas, no obstante, la respuesta por parte de las autoridades siempre fue la misma: represión. Estábamos agotando los recursos legales con que supuestamente contamos la sociedad civil para defender nuestro espacio, nuestro territorio; sin embargo, la empresa contaba con el apoyo incondicional y la complicidad de los poderes constituidos. Pesaba más el compromiso con la empresa que la salud de sus habitantes. Este hecho se sumaba a la larga lista de inconformidades que existía en el pueblo.

            Después de salir del Jurídico en el que nos reafirmaron el apoyo de la Sección 22 del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación, pasamos al área donde se reproducían los comunicados, carteles y demás propaganda. Ahí estaban dos jóvenes entre un mundo de papel y máquinas generosas que sacaban de sus bocas palabras y más palabras que en conjunto formaban una de las armas más poderosas y agradables a los sentidos; ideas, conciencias y sentimientos hechas palabras plasmadas en papel, listas para emprender la batalla en las calles. Lo único que se escuchaba en aquel lugar era el ruido de las máquinas. Les pedimos que nos dieran carteles donde se convocaba a la tercera megamarcha y salimos muy contentas con nuestro arsenal bajo el brazo rumbo al plantón que estaba en el Zócalo.

            Caminamos por la calle de Guerrero, entre el laberinto de pequeños espacios que había para transitar, sorteamos mecates y lonas de todos colores, observamos, los cartones en el piso que servían de colchón y las cobijas amontonadas en espera de ser utilizadas; además, al caminar nos topábamos continuamente con los carteles que cada una de las delegaciones colgaba en su campamento, explicando al pueblo su estancia en ese lugar, exigiendo solución a las demandas del magisterio y rechazando a un gobierno autoritario.

Llegamos al zócalo invadidas por la emoción; a pesar de la agresiva campaña en los medios de comunicación, orquestadas por el sector empresarial, los sometidos diputados de todos los colores, los presidentes priistas más acendrados, haciendo el teatro de que verdaderamente les interesa la educación y todos ellos dirigidos por autoridades carentes de legitimidad, los maestros estaban allí indomables y dispuestos a defender 26 años de lucha.

            Recorrimos las calles aledañas al Zócalo, todas ocupadas, sin espacios disponibles. Entre toldos y tiendas de campaña, aparecían colgados de los mecates, recortes de periódicos, avisos y mantas, con información y mensajes combativos. Todo era una gran red. Me imaginaba que visto desde arriba, debía parecer una gran telaraña, aparentemente frágil, pero no, en su interior se tejía una tela portentosa. Bajo esa protección se construían alianzas, proyectos, pero seguramente también, complicidades.

            Caminamos aprisa, buscábamos a una compañera de la delegación de la mixteca para darle algunos víveres, cuando la encontramos, los rostros de las y los que se encontraban ahí, se notaban preocupados, podía percibir el temor. De pronto, escuchamos unas palabras en tono suave, temerosas: “dicen que van a desalojarnos esta noche”;   sentí que la maestra de tez morena, llenita, de ojos negros y una mirada en la que se concentraban la incertidumbre y la impotencia, pero también la fuerza de una larga tradición de lucha, pronunciaba las palabras en tono de sentencia. Las sombras de un posible desalojo se cernían sobre sus cabezas y no sabían qué iban a hacer en esos momentos, algunos se mostraban incrédulos al igual que nosotras, otras y otros empezaban ya a irse a un lugar seguro, no querían arriesgarse ante lo incierto.

            Nosotras tratamos de dar palabras de aliento, de seguridad, de apoyo; pero en mí algo pasó, una angustia tremenda y un coraje anticipado invadió mi cuerpo, desde entonces no me he podido desprender de ellos, lo sigo sintiendo, lo sigo viviendo; no estaba muy lejos la infame represión a los pobladores de Atenco por defender sus tierras. Lo que nos faltaba pensé. Con un temblor, como si hiciera mucho frío, salí con mi compañera rumbo a casa, con la promesa de regresar más tarde con café y pan.

            Como a las diez de la noche el teléfono empezó a sonar, a partir de esa noche, el radio y el teléfono se constituirían en instrumentos operativos del movimiento popular, eran diferentes llamadas de alerta para avisar sobre el posible desalojo, “no salgas”, “si sales ten cuidado”, “avisa a quien puedas, hay que estar alertas”, “no dejes de escuchar Radio Plantón”. ¡Ah! La radio. En este segmento de nuestra historia, la radio cumplió un papel muy importante, despertó conciencias, movilizó, organizó, le dio voz al silencio y nos hicimos visibles las mujeres.

            A las once y media de la noche, parte de mi familia y yo nos trasladamos al Zócalo llevando ollas de café. Antes hicimos un recorrido por las calles tratando de encontrar alguna evidencia que nos permitiera saber qué estaba sucediendo. Era inusual el movimiento que se apreciaba en esos momentos, automóviles iban y venían, el tránsito de vehículos a esa hora de la noche no era normal; me pareció que al igual que nosotras, muchas y muchos andaban en las calles en busca de lo mismo. Cuando llegamos al plantón a repartir el café, entramos por el mismo lugar donde horas antes habíamos salido, pero otras personas del pueblo ya se nos habían adelantado, decidimos entonces recorrer las calles de Armenta y López; los accesos estaban muy vigilados. Ya nadie entraba ni salía a esa hora, había desconfianza hasta con el café. “Podía contener algo que nos hiciera dormir” nos dijeron en tono de broma.

            En la esquina de Melchor Ocampo y Colón, se encontraban padres de familia y señores grandes de las colonias aledañas con garrotes, dispuestos a utilizarlos en caso necesario; daba ánimo verlos ahí, en la improvisada y débil barricada hecha por mecates, palos y llantas, sentados, envueltos en sus cobijas; en esos momentos escuchaban la charla que Radio Plantón transmitía acerca de la globalización. Todos estaban a la expectativa. Mientras tomaban su café y platicaban, permitieron que videograbáramos la escena del grupo, como recuerdo y constancia de que los humildes, los pobres y los indígenas son los primeros que se enfrentan en las luchas.

            A las 3:30 horas con nuestras ollas vacías salimos del lugar, me retiré un poco más tranquila porque vi que alrededor del plantón había varios taxis, unos, tal vez resguardando el plantón, otros, en espera de ofrecer sus servicios en caso de emergencia; además, estaba terminando el ciclo de la noche para dar paso a la alborada. En el campo, el día comienza a las cuatro de la mañana y faltaba media hora. En mi interior trataba de pensar que ya no iba a pasar nada. Aprovechamos el trayecto a casa para pegar furtivamente los carteles de la tercera megamarcha, entonces vimos que estaban transitando varias camionetas cerradas con los vidrios polarizados por las calles de Murguía, me imaginé que a algún jefe de la policía o alto funcionario con la conciencia no muy limpia lo iban escoltando. Nosotras decidimos avanzar rápidamente hacia nuestras casas.

            Eran las 3:55 horas. Conciliar el sueño era casi imposible ante tantas emociones no muy gratas, me sentía abrumada. Le bajé el volumen al radio. Mi cabeza era un caos. Sentía que me iba a estallar. Pensaba en las mujeres que se habían quedado en el plantón y me preguntaba qué más tenía que pasar para que nosotras y nosotros nos decidiéramos a decir “ya basta”. En medio del dolor empecé a hacer un recuento de lo vivido en estos dos años de este gobierno y no porque anteriormente hubiéramos estado mejor, sino porque los problemas se habían agudizado: represión hacia las voces disidentes, corrupción y saqueo a las instituciones públicas, la aplicación de la justicia por consigna, el autoritarismo ejercido al no ver ni escuchar al pueblo, diputados incondicionales al gobierno, sumisos y carentes de dignidad, la construcción de la terminal de autobuses impuesta al barrio de Jalatlaco continuaba sin que importara la opinión de los habitantes, las afectaciones a los vecinos de la Colonia Santa María por la ampliación de la carretera en el Cerro del Fortín, la transformación del Palacio de Gobierno en Museo, las remodelaciones innecesarias al Zócalo y otros espacios en un desprecio total a las piedras cargadas de historia de nuestros ancestros, mientras el pueblo carece de los más elementales servicios, la instalación de los parquímetros, la toma del periódico Noticias, etc, etc., pensando en esto me quedé dormida.

            14 de junio. Mi habitación estaba en penumbra, casi terminaba la noche, era una madrugada de verano, por lo tanto no hacía mucho frío; el silencio sólo era cortado por la voz que provenía del radio, entre dormida, y despierta, porque mi pensamiento y corazón estaban alertas, alcancé a escuchar la voz angustiada del locutor de Radio Plantón que decía: “en estos momentos la policía está entrando al edificio para reprimirnos, desalojaron a los compañeros que permanecían en el Zócalo y en el Hotel del Magisterio, están golpeando a las compañeras y compañeros, hay mucho humo, no se puede ver por los gases lacrimógenos…” y se cortó la comunicación.

            Salté de la cama con una opresión en el pecho, la amenaza había sido cumplida. Miré el reloj, marcaba las 4:55 horas. Hice una llamada para avisar lo que estaba pasando, rápidamente hubo un acuerdo: “paso por ti”.

Me preparé para salir, cuando entré al cuarto de mi hija, para avisarle que en esos momentos me iba, me asombró porque estaba casi lista para acompañarme, también ella se quedó preocupada me dijo: “voy contigo, no vas sola”, traté de disuadirla, pero fue inútil. Reconozco mi vulnerabilidad en ese sentido, aunque no tiene razón de ser, la delgadez de su cuerpo contrasta con la fortaleza de su carácter y su brillante conciencia social.

            Recuerdo que tomamos la avenida Morelos, todavía las calles estaban oscuras, los automovilistas no dejaban de sonar su claxon, dando aviso a la población de lo que estaba ocurriendo, cuando llegamos ya los uniformados permanecían parados en fila en las bocacalles; en Porfirio Díaz, detuvimos el automóvil enfrente de ellos y con un tono poco amigable, ríspido, les pregunté: ¿Qué hicieron con los maestros, dónde están? ¿Por qué están ustedes aquí? La única respuesta fue la amenaza del arma que traían pegada a su cuerpo, y que en ese momento la levantaron para reforzar una orden terminante: “avance, avance”.

            Una señora que vende periódicos me dijo: “váyanse, están muy bravos, corrieron a los maestros”. Fue en ese momento cuando vi a los lejos un cuadro que me estrujó el alma, mi recuerdo se transportó a la imagen que por tradición muchos tenemos, cuando en los días de muertos, las ánimas se alejan con tristeza después de haber convivido con los vivos, así sentí que iban las compañeras y los compañeros, como figuras fantasmagóricas aturdidas por los gases nocivos, arrastrando sus cobijas, su dolor, su impotencia, su furia, sus cosas, sus miedos, huyendo de desalojos y tiranos, con la zozobra del futuro, iban caminando hacia él.

            A las 5:35 horas, desde la calle de Morelos cerca de la Plaza de la Danza, escuchamos unos chiflidos, avanzamos y nos acercamos a un grupo de compañeros reunidos, nos acercamos, un maestro relataba cómo entraron a rescatar a una maestra que se quedó sola sentada en medio del ataque. La mayoría de los maestros que se encontraban ahí, traían en las manos unos tubos como si fueran bastones que al choque con el piso producían un sonido de guerra. De pronto, a las 5:43 llegó hasta nosotras el   rumor de una consigna que nos levantó el ánimo “Zapaaata vive, la luuucha sigueee”, avanzamos presurosas hasta la calle de Independencia donde los maestros armados con piedras, palos y tubos y algunos con sus mochilas en las espaldas, se estaban organizando y enfrentando a los policías. Eufóricos gritaban, “júntense, vamos compas, júntense”. Algunos compañeros dejaron sus mochilas y cobijas en los quicios de las puertas para enfrentarse libremente a la violencia legalmente organizada. Los maestros que daban la batalla no sentían miedo, la indignación por la agresión sufrida les proporcionaba la fuerza suficiente para resistir el embate policíaco. “Va a caer, va a caer, Ulises va a caer, la consigna que repetían en todo momento los llenaba de energía; los que estaban dando la batalla no sentían miedo, la rabia por la agresión sufrida, los robos y los destrozos a sus campamentos les daba fuerza para no darse por vencidos. “Ulises, ésto te va a costar el pescuezo”, gritó alguien a todo pulmón queriendo que su deseo se hiciera realidad.

            El alba y la furia se estaban haciendo presentes en esos momentos, no importaban los gases, los enardecidos maestros así como llegaban los petardos los devolvían; lo importante era recuperar la plaza, alejar a los policías que se habían atrevido a sacarlos de un espacio que es nuestro, que es de todos. Sin armas de alto poder, con piedras y con palos, impulsados por la consigna que nos unió a todos, nadie paró al torrente humano.

A las 6:14 horas nos fuimos hacia otras calles, necesitábamos tener testimonios de lo que estaba pasando, llegamos al lugar en donde habíamos estado la noche anterior, estábamos filmando a los policías, cuando se dieron cuenta   nos tiraron de pedradas, nos retiramos con prontitud; la rebelión espontánea se fue extendiendo hacía las otras calles, la población ya estaba apoyando y juntos daban la batalla a la policía, resistían hombro con hombro por todos lados. Los gritos y consignas no cesaban: ¡Policía ratero te llevaste mi dinero!, ¡Policía, cabrona devuélveme mi lona! ¡Policía, cabrón devuélveme mi colchón.”

            Los habitantes salían con cubetas de agua y varias puertas se abrieron para dar protección a las maestras. Estábamos en Independencia y Avenida Juárez, cuando el ruido de un helicóptero nos hizo alzar la cabeza, apareció sobrevolando la zona de batalla, era de un color azul, de ese azul que infunde terror y alarma, de ese azul que recorre las calles de Oaxaca, amenazante, retador, con riesgo de convertirse en parte del paisaje; de su cuerpo salían bombas lacrimógenas disparadas por una mano anónima, que tal vez nunca supo de ternura. Un petardo que cayó cerca nos obligó protagonizar una huída desorganizada. El helicóptero detectaban donde estaba el punto de mayor concentración para tirar las bombas. Los compañeros pedían que la gente no se dispersara, eran las 6:55 de la mañana.

            A las 7:15 horas, los estudiantes universitarios tomaron las instalaciones de Radio Universidad y empezaron a transmitir para informar al pueblo que el gobierno había optado por la violencia y no por el diálogo con los maestros. Denunciaban lo que estaba aconteciendo en el centro de la ciudad. Durante la transmisión se escuchó una voz de mujer que decía: “hay evidencias de que la policía tiene armas de fuego, nosotros no tenemos nada.”

            Por el altavoz, a las 7:25 horas, un maestro dio la noticia de que ya venían marchas de diferentes puntos: “aguanten compañeros, resistan, se les van a terminar sus bombas y es el momento de detenerlos.”

Había compañeros que se dedicaban a apagar las bombas con sábanas, con colchonetas, en cubetas de agua o las tiraban a las coladeras, mientras los demás se enfrentaban a los policías. Todo el centro de la ciudad estaba poseído por ese humo maligno, los universitarios estaban apoyando en el primer frente, decididos a todo, comenzaron a preparar bombas molotov y sin temor alguno empezaron a secuestrar autobuses urbanos para utilizarlos de barricada. Recorrimos varias calles en donde se daba el enfrentamiento: Morelos, Independencia, Abasolo, Avenida Juárez, Porfirio Díaz, Alcalá, en todas, los maestros avanzaban y se replegaban, pero cada vez más, iban ganando terreno. Había varios heridos, pero tal parecía que el dolor físico no importaba.

            Como a las 8:30, en una de las tantas veces que pasó el helicóptero aventando bombas lacrimógenas, éstas nos hicieron correr hasta la iglesia de La Merced, aquella que cerró las puertas a la población que estando en peligro buscaba un refugio para protegerse. Entonces, abruptamente, surge imponente en la calle de Xicotencatl un carro que dio vuelta sobre Independencia, era un camión de basura, casi nuevo, grandote, venía a toda carrera, en estampida, de repente todas y todos nos asustamos y estábamos a punto de huir del lugar como pájaros en desbandada, cuando frena de repente y se baja del camión un joven, venía en loca carrera para que nadie lo detuviera, se lo trajo de no sé donde para que sirviera de barricada en esa esquina.

            Antes de las 10:00 de la mañana, con muchas heridas difíciles de ser curadas, los maestros y el pueblo recuperaron el corazón de la ciudad, que en un arrebato violento el gobierno desbocado quiso desaparecer, proyectos, sueños y esperanzas. Las notas del himno Venceremos se hicieron presentes, este hecho, logró aglutinar el descontento popular disperso para articularnos en un intenso movimiento social.

            A las 12:15 horas, todavía respirábamos el humo tóxico que permanecía necio en la atmósfera. El cielo casi despejado, sin humo, contrastaba con lo negro del paisaje. Algunos maestros entraron a rescatar lo que no había sido quemado y destruido, en el Zócalo todo se veía negro, parecía una “zona de guerra”, campamentos destruídos, lonas, costuras, restos de ropa, cobijas, mantas, lentes, trastes, todo quemado, roto, zapatos manchados con sangre, sangre es las banquetas; lo único que estaba en el aire, además del olor a gases, era un esqueleto que representaba a Ulises Ruiz, como mustio testigo de lo que ahí había pasado. En el Zócalo, se anunció que había compañeros detenidos y que se iban a dar los nombres.

            En esos momentos arribaron a dar su apoyo contingentes de Xoxocotlán y otras colonias, “Maestro aguanta el pueblo se levanta” y efectivamente el pueblo se levantó ávido de justicia.

            A las 13:15 horas en Radio Universidad se escuchó la voz de una mujer diciendo: “¿Cómo vamos a apoyar a este gobernador que está matando gente?”, “quisiera anunciar que cancelaron los teléfonos en el Infonavit Primero de Mayo, no hay líneas…”, “hago un llamado al pueblo a que salgamos a apoyar a los maestros, no es posible lo que está sucediendo…”; en esos momentos arribó la primera marcha convocada por el pueblo, eran vecinos de la colonia Dolores, tomaron las calles para solidarizarse con los maestros y en alusión al apoyo de los jerarcas católicos hacia el gobierno, traían una manta con la leyenda: “Como en todas las guerras del mundo, las religiones oran por la paz, pero con gritos sonoros bendicen los cañones. ¡Fuera Ulises!”.

            En esos momentos, una maestra de mediana edad, delgada, de cara triste, mirada cansada, nerviosa, sin saber qué hacer, tomó una escoba y empezó a barrer su espacio, cuando terminó, volvió a barrer sobre lo barrido una y otra vez, como si quisiera, con la escoba borrar lo acontecido y mitigar la angustia, el dolor y coraje que llevaba dentro. Desde ese día, la vida cambió para todas y todos. Con este suceso inició la movilización popular cargada de sentimientos de justicia, valor y libertad. Se desencadenó la solidaridad del pueblo, hombres y mujeres empezaron a llevar tortas, agua y comida. Frente a la represión la resistencia popular.

Plantón en Finanzas

            Julio 27 del 2006. Desde que llegamos a Finanzas, la participación de los colonos fue aumentando, en especial la de las mujeres que hacían guardia durante toda la tarde, hasta las doce de la noche. Las compañeras decían que en este movimiento tenían la posibilidad de romper con la forma de convivencia entre hombres y mujeres, luchar por las desigualdades económicas y sociales, por la discriminación de la apariencia física y de clase social, por la violencia intrafamiliar y social, por la necesidad de organizarse. Sentían que era un espacio suyo, porque a diferencia de otras tomas, en que la mayoría eran maestros, en este lugar se encontraban las y los ciudadanos que formamos el Frente de Colonias y que por mandato de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, tomamos la Secretaría de Finanzas.

            Ahí estábamos las mujeres de muchas colonias y barrios luchando en contra del autoritarismo y prepotencia, de la marginación y el olvido de las autoridades, movilizándonos para exigir agua potable, alumbrado público, seguridad, conservación de la estructura colonial de la ciudad, deportivos. Juntas nos dimos cuenta que teníamos muchos problemas comunes y que no éramos escuchadas.

            Todas participábamos en las diferentes comisiones que se integraron en la toma. Formamos comisiones de organización, prensa y propaganda, higiene y salud, alimentación, finanzas y seguridad.

            Como a las cuatro de la tarde, la compañera Anita que formaba parte de la Comisión de Higiene y Salud, por ser médica, estaba casi metida en el contenedor y se esforzaba por trasladar la basura a una bolsa de plástico para que se pudiera tirar al camión cuando éste pasara; en eso se quedó parada un momento y dijo: ¿Qué las mujeres no podemos hacer otras cosas que no sea la limpieza y la comida? La respuesta quedó en el aire.

            A las 18:00 horas, cuando ya todas estábamos reunidas volvimos a retomar el cuestionamiento de la compañera y después de un análisis concluimos que vivimos en una sociedad muy injusta y más para las mujeres que día a día sentimos la represión, el sometimiento, la violencia, la pobreza, la injusticia.

            Expresamos que la mujer tenía que levantarse y luchar para seguir ganando espacios. La compañera Crucita dijo: hagamos una marcha de mujeres. Nadie lo pensó dos veces. Todas nos alborotamos. Recordamos a las Mujeres Chilenas y Argentinas. Hablando y haciendo le pusimos nombre y fecha. 1º de agosto, Marcha de la Cacerolas. Así eran de rápidas las acciones.

            Julio 31 de 2006. En Radio Universidad a las 17:00 horas, se escuchó una voz de mujer, delgada, dulce, quería ser firme, pero se oía nerviosa, hacía un llamado: “Las mujeres Unidas de las Colonias y Barrios de Oaxaca que actualmente tienen tomadas las instalaciones de la Secretaría de Finanzas, convocan a todas las mujeres profesionistas, amas de casa, intelectuales, maestras, estudiantes, campesinas, obreras, sin distinción de clase social ni edad, a participar en la “Marcha de la Cacerolas”, el día primero de agosto a las nueve horas. Partirá de la exfuente de las Siete Regiones al exPalacio de Gobierno, para exigir la salida de Ulises Ruíz. Hacemos un llamado a todas las mujeres de las colonias del Centro, las colonias conurbadas, a las mujeres de los pueblos circunvecinos de Zaachila, Tlacolula, Etla, Xoxocotlán, Cuilápan, etc., para que traigan sus cacerolas, sartenes, ollas, cucharas, y nos manifestemos. Asistan compañeras es necesario mostrar que las mujeres no estamos de acuerdo con este gobierno”.

            Durante la tarde estuvimos organizando lo necesario para la marcha, en una galera grande que nos protegía del sol y del frío, situada a un costado de las oficinas principales, donde era el estacionamiento de los funcionarios. Ahí, en ese lugar, improvisamos la cocina. Había una mesa grande donde se ponía lo que los vecinos de las colonias nos daban para sostener el movimiento: las tortillas, el pan, el café en grano, los huevos, los vasos y platos desechables. Teníamos un anafre donde calentábamos el café y la comida que por lo regular consistía en arroz y frijoles. La otra parte, la utilizaban para dormir las compañeras que permanecían de tiempo completo en la toma.

            A las 18:00 horas, todas y todos trabajábamos en las distintas comisiones, unas compañeras hacían llamadas para que alguien nos facilitara el sonido; los jóvenes artistas estaban listos para empezar a elaborar la manta, les dijimos que tenía que ser muy combativa, era muy importante porque ésa iba a encabezar la marcha. Tenían sus pinturas en el piso, empezaron a hacer algunos bocetos. No fue tan difícil, solamente plasmaron en la manta lo que vieron en los rostros de las mujeres que permanecíamos en el plantón, el hartazgo por tantas injusticias y el deseo de movilizarse y luchar por una vida diferente.

            El reloj marcaba las 20:00 horas. Nos sorprendió la noche con mucho movimiento. Parecía un día de fiesta, todos iban y venían muy contentos, salíamos a asomarnos de vez en cuando a la calle, los automóviles no dejaban de circular por el boulevard, algunos tocaban el claxon para alentarnos. No podíamos descuidar la entrada que estaba llena de carteles y lonas para protegernos del sol y el sereno.

            Contábamos con un radio medio viejo que sintonizábamos durante todo el día para enterarnos de lo que estaba sucediendo, como no tenía mucho volumen le poníamos un micrófono para que aumentara el sonido y todos pudiéramos escuchar. A esa hora estaba al aire una mujer indígena diciendo: “las comunidades indígenas estamos defendiendo nuestro territorio y no piensen que nada más es la tierra, nuestro territorio es lo que está debajo de la tierra: el agua, los minerales, nuestros muertos; lo que está sobre la tierra; los animales, los bosques, las personas y lo que está arriba de la tierra: el sol, el aire, el cielo, las estrellas…”. Al escucharla pensé que el radio estaba cumpliendo una función pedagógica en este levantamiento. “Levántate campesino trabaja lo mexicano/se están llevando tus frutos/te están robando tus granos/y todo lo que produces/es para bien de los amos/y todo lo que produces es para bien de los amos”/ “Te envuelven por la semilla y te roban las cosechas”/y mientras te mueres de hambre/los patrones se aprovechan”/”Ellos por carreteras y tú caminas por brecha/los surcos que vas abriendo/se dibujan en tu cara/y en tus espaldas se marcan el azadón y la pala/y los ricos te lo agradecen con represión y con balas”.

            Como a las diez de la noche, invitamos a todos a tomar café con pan, la   compañera Estelita que siempre estaba pendiente de los alimentos, se preocupaba porque todos comieran, pero ni falta que hacía en las noches, porque por la puerta desfilaban los colonos ofreciendo pan, café, atole, tostadas, las tradicionales medias tortas de frijol y chileajo y cuando nos iba mejor, tamales. El pueblo nos dio tanto que en varias ocasiones compartimos la comida con las compañeras y compañeros de los otros plantones.

            La noche avanzaba y nos faltaba mucho, decidimos elaborar nuestros mandiles por el significado que tienen para las mujeres. Varias compañeras sacaron a relucir sus dotes artísticas, las niñas también se unieron a elaborar sus mandiles con dibujos y consignas: “Las niñas en lucha”. Cuando terminamos con los mandiles, empezamos a pintar los huevos que les íbamos a llevar a los diputados y el listón para clausurar los hoteles que le servían a Ulises Ruiz de sede de gobierno.

La Marcha de las Cacerolas

1º de agosto de 2006. Llegué puntual a la cita a las 8:00 horas, inmediatamente empezaron a llegar las demás compañeras del plantón de Finanzas, observamos que había pocas mujeres, la hora de inicio era a las nueve de la mañana. Arce nos informó que los camiones ya estaban listos, pero empezaron a surgir algunos detalles, Dani nos comentaba que el sonido que nos habían prestado no funcionaba bien, en eso estábamos cuando empezamos a notar que las mujeres arribaban en grupos, dijimos, ojalá y por lo menos se reúnan unas dos o tres mil mujeres, pero el número crecía conforme avanzaba el tiempo, cuando nos dimos cuenta ya eran más de quinientas, en unos momentos más, dos mil, la escandalera no se aguantaba, y fue en aumento mujeres y ruido hasta que el espacio de la Fuente de las Siete Regiones resultó insuficiente, nosotras estábamos asustadas, pero del temor pasamos a la sorpresa y admiración porque no paraban de llegar las compañeras, todas estaban sonando sus cacerolas, tapaderas, ollas y cucharas, era un ruido tremendo. Al ver esto decidimos no ir a los hoteles ubicados en San Felipe, había gente grande y no quisimos arriesgarnos.

            Arce nos dijo que tenían en su poder dieciocho autobuses, pero no iban a ser suficientes para trasladar a tantas mujeres y tampoco podíamos permanecer mucho tiempo esperando porque temíamos perder el control de la actividad, fue entonces que decidimos organizar al contingente para dirigirnos a nuestro destino final.

            Poco después de las nueve de la mañana, desplegamos nuestra manta y le dimos voz al espíritu de Flores Magón: “Cuando una mujer avanza, no hay hombre que retroceda” y el contingente de mujeres no solamente avanzó sino que a partir de ese día, primero de agosto, se ganó un lugar en el gran movimiento social oaxaqueño. Por primera vez, en una manifestación impresionante, sin miedo por la enorme fuerza aglutinada, las mujeres ejercimos el derecho a expresarnos con libertad, llevando fusiles de papel y armas hechas de palabras.

            Después de las nueve de la mañana se escuchó en Radio Universidad: “Transmitiendo desde el 1400 de la XEUBJ, la Radio de la Verdad, hacemos una invitación a todas las compañeras que no se han sumado a la marcha que se está llevando a cabo el día de hoy a que lo hagan, que lleven sus cazuelas, sartenes, que se sumen a la protesta en contra de URO, el exgobernador del estado de Oaxaca”. La voz musical de José de Molina sonaba fuerte: “Ven aquella mujer que va gritando/que la huelga estalló y va cantando/aunque su paso es lento por los años/Su alma es un torbellino sin engaños/agitando su blanca cabellera/repartiendo volantes quinceañera…

            “Las mujeres oaxaqueñas dejaremos el mandil y si fuera necesario tomaremos el fusil”, la consigna que idearon las compañeras la noche anterior y que nos había causado tanta emoción, no se escuchaba claramente por tanto ruido, el aparato casi no servía, alguien nos prestó un altavoz y Dani les pidió a las compañeras que tuvieran cuidado con las personas de la tercera edad que nos acompañaban.

            Les solicitamos a los compañeros de la comisión de seguridad que se mantuvieran siempre al lado del contingente. La voz de José de Molina continuaba en la Radio de la Verdad: “Es tres veces mujer y militante/es madre, esposa, abuela y camarada/está llena de amor y en su mirada/ se refleja el coraje comandante… “

            Las pancartas que llevaban las compañeras eran variadas, se convirtieron en todo un almacén de palabras, casi todas con la exigencia de la salida inmediata de Ulises, muy pocas a otros funcionarios como ‘Chucho Bolas’ o Rito Salinas, la mayor exigencia era “Fuera URO de Oaxaca” expresada en distintas formas. Momentos después, la Doctora Bertha se integró a la marcha con su cacerola, las compañeras que estaban cerca de ella, con mucho cariño le corearon un saludo en reconocimiento a su trabajo en Radio Universidad. La canción continuaba; “Es madre campesina y proletaria/tiene estirpe y herencia libertaria/tiene ya muchos años combatiendo/y a penas su coraje va naciendo…” “Ya deja el estropajo, dedícate a estudiar/ya suelta las escobas y comienza a pensar/ya tira los sartenes y empieza a comprender/que no eres una esclava, eres una mujer”.

            Todo era alegría y entusiasmo, fue necesario avanzar más adelante del Banco Serfín para que todas se integraran al contingente. Me subí a una camioneta para ver hasta donde terminaba la marcha y se me llenó la mirada de colores, tenía ante mis ojos un delicioso espectáculo, la concentración era impresionante. Cuando las Mujeres Unidas de las Colonias y Barrios de Oaxaca, como nos denominamos, convocamos a la marcha, no nos imaginamos que el rechazo a Ulises iba a reunir a tantas mujeres. En la multitudinaria marcha se manifestó el dolor, el coraje, la inconformidad de las mujeres ante un gobierno soberbio y autoritario. Al grito de ¡Lo quiera o no lo quiera, Ulises va pa’fuera! iban las mujeres, levantando conciencias, osadas, recias, belicosas, obsecadas, hermosas. En mi mente iba recordando la canción; “lleva en su nido pecho de paloma/y también al acecho una pantera/puede ser laboriosa y guerrillera/y coqueta también a su manera/ven aquella mujer, ven aquella mujer…”

            Durante el trayecto, cientos de mujeres esperaban el paso de la marcha para incorporarse a la multitud que avanzaba retadora. Cuando el incansable río, pasó frente a un negocio de paletas, salió una señora, con una indumentaria que denotaba su opulencia, indignada a protestar por el ruido perturbador de las mujeres, entonces, del tumulto salió como estallido una mujer del pueblo que con la seguridad de su corpulento cuerpo, asestó un sartenazo en la cabeza de la atrevida voz, que no alcanzó a percibir en los semblantes, el fuego y el hartazgo de la gente.

            Minutos antes de las diez de la mañana, arribamos a la entrada del Hotel Misión de los Ángeles. Entramos a poner el listón para clausurar simbólicamente el lugar en protesta porque en ese espacio despachaba Ulises Ruíz, y ahí estábamos amarrando nuestro listoncito cuando escuchamos un golpe en los vidrios y luego uno tras otro, las mujeres iban muy enojadas y empezaron a botar los huevos que les íbamos a llevar a los diputados. Otras optaron por golpear los vidrios, los empleados asustados cerraron las puertas, entonces antes de que otra cosa sucediera, optamos por continuar nuestro camino.

            Conforme avanzábamos, la marcha fue creciendo, en todas las calles se incorporaban más y más mujeres, cantando “sacaremos a Ulises de Oaxaca, de Oaxaca sacaremos a ese buey…” y acompañadas por el sonido de las cacerolas, la multitud caminó hacia el centro de la ciudad.

            En el imaginario colectivo, la toma del Canal 9 tomaba forma. Las mujeres combativas avanzaban derrochando entusiasmo y energía. Mujeres y ciudad se fundieron en un sólo cuerpo para aliviar las múltiples heridas, decididas a todo, nada nos detuvo. La marcha era una mezcla de colores, aromas, sentimientos, pensamientos, gustos, sensibilidades y rebeldía. Con el calor de los rayos de sol se cocinaron estos ingredientes para dar como resultado, una transformación profunda de nuestras tercas conciencias, nutrió memorias dormidas y sacudió mentes rebeldes y tiernas cabezas.

            Entramos al Zócalo después de las doce del día. Las campanas de nuestro simbólico palacio empezaron a sonar anunciando la entrada de la histórica e impresionante marcha; al subir al kiosco, mis húmedos ojos alcanzaron a ver el río interminable de mujeres que consigo traía todo un caudal de dignidad y rebeldía.

            Iniciamos el mitin satisfechas, como a la mitad del mitin se acercaron tres compañeras con una propuesta, la valoramos y se acordó ponerla a consideración, la voz que estaba en el micrófono en esos instantes preguntó a las más de diez mil mujeres: Compañeras hay la propuesta de ir al Canal 9, ¿Quieren ir? y todas contestaron: ¡sííí.! Las mujeres orgullosas y valientes partieron al Canal 9, que como brazo mediático del Gobierno se dedicaba a decir mentiras disfrazadas de verdades. Las primeras se trasladaron en los camiones que habían sido tomados, las que no alcanzamos tuvimos que tomar, por las buenas o por las malas, camionetas, autobuses, coches, taxis, de aventón; como pudimos arribamos a las instalaciones de la Corporación Oaxaqueña de Radio y Televisión (Canal 9) al coro de la consigna: “prensa, prensa, si tienes dignidad, nosotras te pedimos que digas la verdad”.

            Las primeras compañeras que entraron a las instalaciones trataron de hablar con las y los directivos para que nos diera un espacio, sólo queríamos un tiempo para difundir “un poquito de tanta verdad” como decía nuestra compañera Estelita. Una hora solamente para comunicarle al pueblo la realidad del movimiento, para decir nuestra verdad. Como se negaron, ahí nos quedamos, al fin y al cabo siempre nos han dicho que es EL CANAL de los oaxaqueños.

            En esos momentos, desde la Radio de la Verdad decían: “Comunicado muy importante, en estos momentos se encuentran ya tomadas las instalaciones de Canal 9, el Canal del gobernador de estado, el canal de Ulises Ruíz. La reportera confirmaba: de forma pacífica las mujeres ya entraron aquí al canal, no golpearon a nadie son puras mujeres…” La música se dejó escuchar: “Estaba yo pensando y no puedo comprender/que caso tan curioso es el de la mujer/trabaja como un burro y a la hora de cobrar/le dan una patada y vuelve a trabajar”.

Las mujeres estaban asombradas, me pareció que el noventa por ciento de las compañeras no conocía las instalaciones, sus caras se parecían a la de los niños cuando se encuentran ante algo nuevo, muchas de ellas aprovecharon para hacer un recorrido por el lugar. En un momento, los pasillos, las oficinas, las cabinas y foros se llenaron de mujeres obsecadas, presionando a los trabajadores para que devolvieran la señal de radio y televisión, de su garganta salió una y otra vez: ¡Mujeres unidas jamás serán vencidas!

            Yo iba de un lado a otro, topándome con mujeres por todos lados, subía y bajaba tratando de calmar a las compañeras que ya en esos momentos se encontraban muy enojadas, amenazando con destruir lo que encontraran a su paso. Les pedí que mantuviéramos la calma, intenté explicarles que no se trataba de pintar, quemar ni destruir nada, pero lo que lograba duraba muy poco. Volvían a insistir. Las cacerolas que abandonaron la cocina para convertirse en instrumentos de protesta quedaron mudas, en segundo término, lo importante para la voluntad colectiva femenina era contar con un medio para comunicarse con la otra parte del pueblo.

            Entré a la cabina de radio, en el lugar sólo se encontraban, el responsable, con un gesto adusto y con su corbata puesta, el saco que hacía juego con su vestimenta lo tenía colocado en el respaldo de un sillón y una joven alta que lo presionaba para que nos diera la señal de radio, que no supe quien era porque no la volví a ver, pero por el lenguaje que utilizaba deduje que posiblemente venía de Radio Universidad. Entre las dos tratamos de convencerlo, él estaba muy enojado porque teníamos retenidos a los trabajadores, al final nos pidió que dejáramos ir a las mujeres, pero la decisión no estaba en nuestras manos.

            Salí nuevamente y las cosas estaban peor, sólo escuchaba ¡Si no hay solución aquí será el plantón! No sabía en dónde se encontraban mis compañeras de finanzas y no podía controlar a las mujeres, me di por vencida y cansada por las presiones de la marcha y de tanto hablar, me regresé a la cabina de radio, ahí todo seguía igual, la presión de la joven y la resistencia del señor.

            Desesperada y cansada, me tiré en la alfombra, estaba agobiada, no sabía qué iba a pasar, parecía que a la más grande de las presas le habían abierto las compuertas, desbordándose a torrentes por todos los cauces posibles y que además era imposible de contener. Traté de calmarme. Desde ese lugar empecé a observar el espacio, enfrente de mi estaba una de las cabinas con una mesa redonda cubierta con un paño verde, sobre la cual había cuatro micrófonos, en la entrada del lugar, se encontraba el transmisor, los controles, una pequeña mesa y el teléfono; del lado donde estaba sentada, alcancé a ver otra cabina, después me enteré que era la de radio por Internet, al lado había otro espacio con muchos aparatos. La observación la interrumpió una compañera que me andaba buscando para que fuera a intervenir con las mujeres porque querían desnudar a los trabajadores. En un principio me negué porque me sentí impotente, sentía que no había poder humano que las detuviera, ya lo había intentado; sin embargo, ella siguió insistiendo y entonces comprendí que era también mi responsabilidad, todavía la condicioné: voy pero si tú me ayudas, ella aceptó.

            Tuvimos dificultades para entrar al lugar en donde tenían a los trabajadores, el estrecho pasillo estaba repleto de mujeres inconformes, cuando llegamos ya algunas los estaban jaloneando, hablé con las compañeras y las separamos del grupo. Se escuchó un solo grito en esa inmensa presa abandonada “queremos la señal”.

Las mujeres rebeldes estaban tratando de cobrarse muchas cuentas pendientes. Afloraron las causas, que eran muchas. Junto se encontraban las trabajadoras y pedían que las dejaran ir, de hecho ya habían salido una vez, pero cuando ya estaban a punto de entregarlas a la Cruz Roja para que diera constancia de que iban bien físicamente, que no habían sufrido ningún daño, una de ellas, que iba muy alterada, antes de salir les manifestó algo a las compañeras que las ofendió y las regresaron.

            La compañera y yo nos paramos en el acceso para no dejar pasar a ninguna y les hablé hasta convencerlas que esa no era la forma, que también ellas al igual que nosotras eran trabajadoras y ellas nos decían que las dejáramos salir   que algunas tenían que ir a recoger a sus hijos a la guardería. Las compañeras contestaban que ellas también tenían hijos y que tenían que dejarlos en las guarderías o solos en sus casas para irse a ganar la comida y que eso a nadie le importaba.

            Fue una situación muy difícil, muy dura, solamente la que lo ha vivido lo puede entender. Tuve que aceptar que tenían razón, pero también les dije que nosotras estábamos luchando precisamente en contra de las injusticias y que no podíamos actuar de la misma manera como nos trataban los que tienen el poder. Era comprensible. Tanto tiempo de sentir la opresión, la violencia, la explotación, la represión. Las injusticias en la casa, en la familia, en los sindicatos, en la religión, en el sistema que nos gobierna.

            En nuestra sociedad sigue imperando el machismo, el trabajo en casa no es valorado y mucho menos compartido o retribuido en alguna forma, lo que hay en muchas de las ocasiones es violencia psicológica y física hacia la mujer. Todo esto lo teníamos en la mente, estábamos luchando por el derecho a un trato respetuoso, a una vida sin violencia, a la salud, a la educación, a la justicia, aunque para eso teníamos que enfrentarnos a las y los trabajadores que también formaban parte del pueblo.   A las trabajadoras les pedí que presionaran a sus jefes, que colaboraran, me comentaron que ya lo estaban haciendo. Por fin se calmaron las mujeres, las trabajadoras salieron más tarde sin ningún problema, ya habían aprendido la lección, lo mejor era callarse. Tal vez comprendieron que por tantos agravios recibidos, la emoción podía desbordarse.

            A las 15:05 horas Por fin se abre la señal de la radio. Las voces clausuradas, las voces silenciadas de todo el tiempo, se transformaron en voces demandantes, voces libertarias que tenían mucho que decir. Las compañeras empezaron a transmitir para avisar que las mujeres oaxaqueñas tomamos las instalaciones del Canal 9 para romper con el cerco informativo, porque ningún medio daba cobertura al movimiento y Radio Universidad ya casi no se escuchaba ante las constantes interferencias. La voz femenina que estaba al aire pedía “que vengan a esta radio todas las mujeres que estén en su casa haciendo la sopa y el guisado, dejen de cocinar y trasládense aquí, vamos a recuperar lo que es de nosotros, lo tenemos que hacer por la dignidad de las mujeres, del pueblo, de nuestros hijos, mujer deja de cocinar por favor, si no puedes salir prende la televisión… “Luego que se empezó a transmitir, se formaron largas filas de mujeres impacientes por hablar, todas tenían muchas cosas por decir. Entraban de cinco en cinco a las cabinas, el tiempo de espera se hacía eterno, ya para entonces la radio en Internet estaba funcionando aunque después la quitaron.

            Se guían los llamados: “Hacemos un llamado a ti madre de familia, a ti hermana, a ti hija… para que te presentes en estas instalaciones para demostrarle al gobierno de URO que estamos unidas y vamos a vencer…estamos demostrando… que estamos luchando para que el gobierno salga, para que URO se vaya.. ha tenido las manos llenas de dinero de nuestro pueblo, ha saqueado las arcas de nuestro estado … ha destrozado lo nuestro…cosas que tienen historia, el Zócalo, el Cerro del Fortín”.

            A las 16:00 horas, la magia de las palabras sencillas dichas por las mujeres causaron efecto, mujeres y hombres del pueblo empezaron a arribar a resguardar el Canal y la antena de la CORTV. Las locutoras improvisadas seguían transmitiendo: “Muy buenas tardes pueblo de Oaxaca, yo soy una ama de casa y estoy en esta lucha de mujeres, que sienten lo que esta sucediendo en Oaxaca. Siempre nos hemos callado la boca, siempre aguantamos todo, que nos suben el gas, que nos suben la luz, que nos aumenta el predial, que nos prometen agua, acuérdense cuando Ulises llegó al gobierno, nos prometió agua, pero en nuestras colonias no tenemos agua señora…queremos decirle pueblo…a todas las amas de casa que están ahí guardaditas, que protesten, es el momento, vamos a pelear por un porvenir mejor”. Un llamado al diálogo: “Yo quisiera que se comunicaran, que hablaran, que nos dieran su punto de vista. Somos las mujeres que estiramos nuestro gasto, todos los días lo estiramos para pasajes… ahora nuestra única lucha es un gobierno popular, un gobierno que no nos ataque, un gobierno que no nos trate de intimidar cuando protestamos, hoy las mujeres al ritmo de sartenes, de cucharas y ollas decidimos salir a luchar…”.

            Mujer si te han crecido las ideas/de ti van a decir cosas muy feas/Que no eres buena/Que si tal cosa/Que cuando callas/te ves mucho más hermosa. La radio sirvió para agitar, reflexionar, orientar y dar contenido al movimiento. Concientizó a mujeres y hombres y entendimos que ninguna lucha social puede avanzar sin las mujeres.

            Eran las 19:15 horas, me acerque al lugar en donde se encontraba el master y por la ventana vi que mis compañeras de Finanzas, a las que estaba buscando, estaban sentadas frente a las cámaras de televisión, justo en ese momento se preparaban para iniciar la transmisión. Bajé corriendo para verlas, para escucharlas hablar, sin poses, sin maquillaje, sin glamur, si acaso una leve alisada a los cabellos alborotados como lo estaba en esos momentos el Canal 9. Me uní al grupo y en el canal de los oaxaqueños que sólo servía para alabar al gobernante se pudo ver, en todo el estado de Oaxaca, a las mujeres cantando nuestro himno Venceremos, porque en verdad habíamos vencido una batalla.

            El primero de agosto del 2006, sin armas, desafiando al poder, miles de mujeres conscientes, dignas y valientes, cansadas de tantas mentiras emitidas por las radios comerciales y la prensa controlada por el gobierno de Ulises Ruíz, le dimos voz al pueblo oaxaqueño. Las mujeres nos apoderamos de los micrófonos para proclamar a la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca como el máximo órgano de dirección del pueblo. En la radio y la televisión, aparecieron trabajadoras y trabajadores, indígenas, organizaciones sociales y civiles, músicos, campesinos, amas de casa, trabajadoras sexuales, pintores. Casi todos denunciaban los abusos, el saqueo de sus recursos naturales, la represión policiaca, la violencia, el abuso sexual, la inseguridad en la tenencia de la tierra, la resistencia, las injusticias. La radio que se sintonizaba en todas partes, en los autobuses, en los taxis, en los comercios, en las casas, informó, movilizó, concientizó, fue el motor del movimiento popular.

Por 21 días el canal verdaderamente fue de las y los oaxaqueños. En la radio se leían los acuerdos de la APPO y se le pedía al pueblo su opinión, aunque muchas veces no se tomará en cuenta. Los radioescuchas hablaban para dar sugerencias en la conducción de la radio: “No hablen tanto, es necesario que cada tres o cinco minutos pongan música para no aburrir a los radioescuchas”. Tratábamos de seguir la sugerencia, después llamaba otra persona: “No pongan tanta música, necesitamos que nos tengan informados sobre lo que está pasando”. A pesar de las contradicciones, la radio y la televisión del estado, operadas por las mujeres de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca alcanzaron los más altos niveles de audiencia. Se dio un intercambio de pensares y de sentires, se estableció una complicidad hermosa con el pueblo al escuchar testimonios, protestas y denuncias. La lucha se dio en el aire. El hecho y las mujeres pasaron a la historia. Por 21 días las mujeres tuvimos el poder. El poder que dan los medios de comunicación. Quisieron callar nuestras voces, quisieron regresar al silencio, pero eso no va a ser, porque este movimiento preñó nuestras conciencias de ideas liberadoras y floreció en nuestras almas una poderosa capacidad de acción y resistencia. Es cierto, el pueblo ganó, pero más ganaron las mujeres.

La Brutal Represión

            25 de noviembre. “Que vida más diferente la mía y la suya señor presidente… que poder más diferente el mío y el suyo señor presidente, mientras yo hago milagros con agua y fideos donde comen cuatro, usted con arte de magia y con un sólo gesto aparecen banquetes, qué vida más diferente…” desde Radio Universidad a las 14:30 horas, se escuchó: “reporte para todo el auditorio de la Ciudad de Oaxaca,…de la gran manifestación que se está realizando, miles de oaxaqueños hemos salido a las calles, estamos entrando a la calle de Fiallo hacia Santo Domingo para realizar el cerco a la Policía Federal Preventiva. Les tenemos una denuncia, la PFP ha electrificado las mallas de retén, hay que tener mucho cuidado a la hora de realizar este cerco a la PFP”.

            Desde que finalizó la marcha, a las 15:00 hrs, algunas compañeras y yo permanecimos, en la calle de García Vigil y Murguía, entre la Policía Federal Preventiva y el pueblo para evitar que se diera alguna provocación. Era difícil mantenerse impasible ante las filas de policías que encarnaban el poder fascista, el sólo hecho de que estuvieran pisando suelo oaxaqueño indignaba. Se sentía en el aire la tensión, aunque no se reconociera, todas y todos permanecíamos ahí a la expectativa.

            Después de las cuatro de la tarde, nos fuimos a Santo Domingo, ahí había mucho movimiento, había más gente porque en ese lugar estaba el plantón. En la calle de Alcalá sobresalían varios jóvenes vestidos de negro, los marginados urbanos, los que hemos dejado solos, los que raramente entendemos, ellos, subían y bajaban de un camión que estaba estacionado a un costado del jardín Labastida, alguien llevó tamales y los estaban repartiendo entre los jóvenes y los que se encontraban cerca del lugar. A diferencia de otros días, casi no había comida, más que la que prepararon las compañeras con los comestibles que seguía aportando el pueblo.

            A las 16:30 horas, había algunas personas apostadas en las azoteas de las casas en la calle de Alcalá. Abajo en la calle, la gente estaba lista, unos con su cámara porque no querían perder detalle, otros con su resortera; el ambiente era candente, nadie perdía de vista a los de la PFP, que lo único que movían eran los ojos en todas direcciones, pendientes de dónde podía venir alguna agresión. En esos momentos los corazones latían con fuerza, la gente iba y venía como esperando algo, había muchas mujeres, de pronto, una compañera dijo: vamos a ayudar, y nos pusimos a acarrear piedras de una casa en construcción en esa misma calle. Como arrieras entramos por todos lados a sacar las piedras en huacales viejos y destartalados, en las sudaderas, en bolsas, como se pudiera, se necesitaban con muchos proyectiles en caso de un enfrentamiento. Empezaban también a aparecer las bazucas hechizas, los cohetones, las bombas molotov y las “coyotas”.

            Unos minutos antes de las cinco de la tarde, empezamos a llamar a los muchachos para que fueran a comer, pero la comida no importaba en esos momentos, nadie quería moverse, los jóvenes se preparaban para resistir el ataque, tenían sus paliacates listos, se probaban las mascarillas antigases,   se ponían los cascos, trataban de proteger su cuerpo con lo que se pudiera. El enfrentamiento era inminente, nadie decía nada pero estaba en nuestras mentes, se sentía la ira colectiva, los ánimos exacerbados, se sentía el anhelo de dejar rezagada el sistema de justicia que además de ciega y sorda estaba armada. En esos momentos estaban presentes los agravios que zahieren: “Ulises, Ulises, la cuenta está pendiente”. Nadie quería dar el primer paso, la violencia no la generamos nosotros, pero sabíamos que no había marcha atrás.

            Eran las 17:05 de la tarde cuando vi volar algo por los aires. Escuche una exclamación y gritos. En esos instantes, Radio Universidad daba a conocer la noticia: “es confirmada la información, el enlace dice que ya empezó la confrontación en el Centro Histórico, hay gases lacrimógenos, se escuchan algunos cuetes…”. El enfrentamiento había iniciado. Corrí al puesto de socorro que estaba en el IAGO por cubrebocas, vinagre compuesto y coca para que los compañeros resistieran los gases lacrimógenos. Al regresar, empecé a distribuir los cubrebocas, me paré en la puerta del estacionamiento de un edificio cerca de la Hostería de Alcalá, quería estar en un sólo lugar para auxiliar a los compañeros, pero no fue posible, la lucha era muy cruenta y desigual, los gases, que eran enviados por tierra y por aire empezaron a hacer mella en mis ojos; los helicópteros volaban muy bajito, dejando caer los petardos con gases lacrimógenos y gases pimienta, parecía que querían aplastarnos, fumigarnos, como escarmiento para que no nos levantáramos jamás.

            A pesar de que los compañeros regresaban las bombas a los de la PFP no siempre podían. El ambiente se empezó a llenar de nubes negras por los gases, como anunciando una tormenta, parecía que sobre el Centro Histórico, el cielo se había desplomado. La violencia desatada iba en aumento, la montaña de optimismo se desmoronaba, sin embargo, la resistencia continuaba en medio de un aire irrespirable.

            Para abastecer el frente, unas mujeres estallaban la cantera sobre el piso para multiplicar las piedras, la fabricación de bombas molotov no cesaba. Corría hacia los compañeros para darles las compresas o la coca, ya no aguantaba los ojos, me ardían. Por el otro lado, las fuerzas policiacas también lanzaban piedras y canicas, se fueron abriendo paso a golpes de tolete. Al grito de “Ya cayó, ya cayó, Ulises ya cayó” el pueblo respondió disparando cohetones con artesanales bazucas. Entre los compañeros había varios heridos, entonces, las piedras se agotaron, los cohetones se acabaron, los gritos luminosos se apagaron.

            El compañero que en esos momentos estaba conduciendo en Radio Universidad hizo un llamado: “…a todos los sectores de nuestro pueblo…es necesario fortalecer el cerco humano…en la mañana escuchamos fragmentos de una entrevista…donde el (dirigente local del PRI) lanzó su amenaza y se comprometió con el comandante de la PFP para decirle que hay veinte mil militantes del Partido Revolucionario Institucional para el efecto de provocar y limpiar las vialidades, por esta razón tuvieron que concentrar a la gente, regalaron despensas todo el día. Los grupos porriles andaban recorriendo el llano y distintas partes, les pedimos compañeros, desplazarnos, a reforzar a nuestros compañeros, porque como pueblo debemos mantenernos unidos…a organizarnos y salir en brigadas, a detectar de dónde vienen los ataques y detectar de dónde está saliendo la gente priísta…no podemos orillar a nuestro pueblo a este baño de sangre. Desde aquí le hacemos la invitación al presidente Vicente Fox Quezada, al secretario de Gobernación, al secretario de Seguridad que sepan que ellos son los responsables por estar sosteniendo a este tirano, a este nefasto, a este que no entiende que el pueblo ya no le otorga tal distinción”.

            La orientación continuaba en Radio Universidad: “Compañeros les pedimos que nos dejen conducir, sabemos que los pronunciamientos son importantes pero les pedimos que en vez de estarnos llamando, permítanme llamar a mi pueblo a que en este momento estén reforzando a nuestros compañeros…”

La policía más feroz, que nunca empezó a avanzar y nosotros a replegarnos, la situación era muy difícil, la PFP venía con todo, jóvenes, maestros, maestras, hombres y mujeres, dimos la batalla, resistimos con dignidad y valentía, pero la ofensiva de los pefepos era criminal.

            Retrocedimos para buscar protección y en ese tiempo para mí no hubo tiempo, pensé que habían transcurrido 15 minutos, no puedo recordar, estaba muy aturdida, no sé qué sucedió, pero de pronto recobré la conciencia de mi misma y sentí un silencio con sabor a angustia, me di cuenta que estaba sola, no veía a nadie, no escuchaba nada, no sé en qué momento me quedé sola ni por qué, no podía abrir los ojos por el humo de los gases, no sabía hacía dónde caminaba, si alejándome de Santo Domingo donde estaba la PFP o acercándome. Me quedé parada en medio de una triste atmósfera de humo, fue entonces cuando alcancé a mirar una pared, con torpe andar la alcancé y me aferré a ella como buscando protección. Recargada, cerré los ojos un momento tratando de que se me pasara la reacción de los gases, creo que era gas pimienta o no sé como le llaman, pero es un gas que pica los ojos, arden, parece que aturden por eso no me acuerdo.

            Perdí a mis compañeras, perdí a todos, ya no oía nada, no podía abrir los ojos, me entró un miedo tremendo, me detuve un poco tratando de ubicarme, entonces me di cuenta que me encontraba casi enfrente de la Escuela “Benito Juárez”, justo en ese momento escuché a lo lejos la consigna que por mucho tiempo nos mantuvo unidos: “Ya cayó, ya cayó, Ulises ya cayó”, las voces venían del norte, creo que a la altura de El Pochote o de la Pastoral Social, no podía ubicar aún los gritos, pero los oía lejísimos. Todos habían corrido hasta ahí y yo era la única que estaba en ese lugar.

            Pensé muchas cosas, en qué momento corrieron todos y por qué me quedé sola en medio de ese humo denso y tóxico de los gases, no lo sabía. No podía ubicar en dónde estaba la policía, tampoco sabía dónde estaba esa libertad enardecida y en qué momento dejé de escuchar. La luz del día se había apagado. Indudablemente tenía miedo, decidí alejarme rápidamente de ese lugar. Por un momento dudé, no sabía si irme con los demás o no, pero tampoco sabía en dónde exactamente estaban ni qué podía pasar en el trayecto, entonces se me hizo más fácil alcanzar la esquina y dar vuelta a la calle, los ojos me seguían ardiendo, pero alcancé a ver que no había gente, no quise correr para no llamar la atención, caminé aprisa, mi corazón casi se salía, podía escuchar el bum, bum de mis latidos.

            La calle que en un principio me pareció desierta no lo estaba, había dos muchachos devolviendo, intoxicados, uno estaba tirado, extenuado en el piso, el otro estaba recargado en un arbolito y aunque compartíamos el mismo dolor no quise hablarles, seguí mi camino porque me sentía muy mal, la calle se me hizo interminable, cuando casi iba llegando a media cuadra, vi a unas personas sobre la calle de Reforma y me tranquilicé un poco. Quería quedarme con ellas, pero no reconocí a nadie y decidí seguir mi camino. Iba tan angustiada que no me percaté que traía el cubrebocas en el cuello, rápidamente me deshice de él y me quité el rebozo que traía en la cabeza, dejé la botella que todavía llevaba en las manos y corrí en dirección al Llano. En esos instantes, empecé a escuchar las sirenas que sonaban a más no poder, como anunciando la terrible represión de que habíamos sido objeto.

            Empecé a caminar más aprisa, lo único que quería era llegar a mi casa. Al pasar por la calle de Pino Suárez, me encontré a un grupito de señores que estaban gritando: ¡Cómo no los asesinan, cómo no matan a los APPOS! Al escucharlos sentí algo indefinible en el estómago, mis ojos todavía llorosos tuvieron que aguantarse el dolor, la impotencia, la tristeza. Tuve el impulso de decirles que ellos jamás han sentido el hambre y la miseria, las injusticias, la impunidad, la violencia que lastima y ofende como la que acabábamos de vivir, tan sólo por pedir justicia y atención a nuestras demandas, el pueblo recibe a cambio, represión y agresión por parte de un gobierno débil, de un gobierno protegido por cuerpos policíacos, de un gobierno sin reconocimiento de la mayoría, decirles que ellos admiran y se enorgullecen del folklor de nuestro estado, pero en el fondo hay un desprecio brutal por los pueblos indígenas, los segregan, los violentan, los despojan de sus recursos naturales; pero no pude, en esos momentos era parte de esas voces que se quiebran. En las sombras de la noche tuve que amparar mi furia y ahogar un grito en mi garganta rota y lastimada. Ha pasado el tiempo, sin embargo, aún sigo con esa sensación no liberada, ahora más que nunca, quiero seguir luchando al lado de mi pueblo.

            26 de noviembre. La represión al movimiento inició con el ruido de toletazos, disparos, gases lacrimógenos, pedradas, detenciones y así terminó el 25 de noviembre del 2006, pero además con graves violaciones a las garantías fundamentales del ser humano, torturas, desapariciones, mujeres presas. Los poderes fácticos   ordenaron la más feroz represión hacia el pueblo de Oaxaca, cómo si fuéramos otro pueblo a quien había que dominar para seguir cobrando tributo, para permanecer siendo esclavos del dominador; los dominados.

            Callaron nuestras voces en esos momentos, es cierto que una inmensa oleada de miedos y temores se expandieron en nuestros cuerpos y que hace falta una apasionada voluntad para dejar ese miedo que paraliza, que contiene, que implementa el estado para el control social. Pero si “somos voces de una misma penuria”, tenemos que caminar juntos, con nuestras diferencias y nuestras coincidencias, con nuestros encuentros y desencuentros. Tenemos que encontrar de nuevo el cauce, tenemos que organizarnos para seguir en esta lucha honesta hasta lograr una sociedad diferente, hasta alcanzar la libertad anhelada. No seamos más almas aletargadas y memorias olvidadizas, no permitamos que nuestros gritos se pierdan en el hondo hueco de la noche.

  1. Este texto fue publicado en la primera edición del libro “Lo Vimos y lo Vivimos: Narraciones en Movimiento” realizado por los medios de comunicación autónomos: Oaxaca Libre y Revolucionemos Oaxaca.
  2. El libro es producto del Seminario de Periodismo Creativo realizado en 2008 con el apoyo solidario de Swathmore College de Pennsylvania EE, UU en la Universidad de la Tierra de Oaxaca.
  3. Usted puede descargar el libro en formato PDF AQUÍ bajo la licencia Creative Commons.
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